Cuarentena I
TENGO UNA ENAMORADA DEL MURO en casa que se empeña en crecer más rápido de lo que puedo podarla. La planté apenas me mudé, hace siete años. Mi primo ingeniero me dijo, tené cuidado. Pero era tan chiquita, una ternurita. No me llegaba ni a la rodilla. Ahora trepa por las medianeras y si la corto de un lado, descarga su rabia en otro frente. Las ramas se entreveran hasta formar mundos inexpugnables y voluminosos donde reinan hormigas y arañas. Ayer estuve un buen tiempo cortando ramas y limitando su avance por las zonas comunes del edificio en el que vivo.
En el fondo del patio, mi hijo me miraba con su mundo bebé indescifrable, un poco allá, un poco más acá. Entre la meditación y el aprendizaje hambriento como cuando me chupa las tetas. Chupaba una ramita (Lo dejo chupar ramitas.) Debo decir que logré contener la formas. La poda fue efectiva, pero ha ganado algunos centímetros. Avanza. No puedo evitar que avance.
A veces me dan ganas de que lo cubra todo: las piedras, las paredes, los vecinos. Pero temo que en la próxima reunión de consorcio me culpen, temo ser la China de este consorcio.
Debo decir que podar y las metáforas me están ayudando mucho en estos días.
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